miércoles 13 de febrero de 2008

Capitulo IV

Ya no estaba en la misma pieza; por la posición de los edificios que se veían a través de las cristales, extrañamente similares a los de la antigua habitación, y podía decir con seguridad que lo habían bajado por lo menos unas cinco plantas. Este sitio tenía mejor aroma, comparándolo con la putrefacción a la que se había acostumbrado durante meses de encierro. Casi que le hacía falta, aquel olor…el sol entraba a borbotones al cuarto, dejando ver que no solo la ventana era similar, sino que parecía hecho exactamente como el otro cuarto.

Hace algunos años hubiera agradecido como un regalo del cielo este rayo constante de sol que le caía como un martillo en la cabeza; en la inmensidad de una playa desierta, un dia soleado es una bendición, especialmente en una costa tan acostumbrada a los huracanes y tormentas tropicales, que arruinan cualquier aventura en las aguas. Aquellos días en que los peces eran compañeros del hombre, en que este solo cogía de su padre azul lo que necesitaba para su sustento, nada más. Aquellos eran días de continua alegría. No como estos, tempestuosos e inquietantes, pero mas que todo, inciertos. Todo el tiempo, incluso cuando dormía, Carl pensaba en el mar, en su vida pasada que hace solo unos meses había dejado atrás, y a pesar de la cercanía de aquello, todo era lejano, abstracto: incluso su presente en aquella celda tercermundista parecía irreal, extraño…a veces sentía en la ventana que algo pululaba en el exterior, como una sombra entre el viento helado. Lo llamaba, incesantemente.

El hombre de la capucha apareció un poco mas tarde, trayéndole un poco de comida, mas rica en proteínas que el acostumbrado cereal con arroz frío. La comió entre muestras de agradecimiento, atragantándose, babeando, sorbiendo agua tibia. Entre las presas de pollo escuchó, de una voz silbante:

- Es tu última comida. Disfrútala.

Solo algunos minutos después de la salida del hombre, cuando sus pasos no retumbaban en el suelo ni en el cristal cercano, fue que digeríó aquellas palabras. No hizo ningún gesto. Se deleitó en silencio.

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Como un bólido pasó esa mañana el muchacho del correo, al igual que el de los periódicos y el de la leche. No se detuvieron hasta llegar a la esquina de la cuadra, dándole cada quien al máximo a su vehículo: el correo, en su pequeña camioneta de rayas blancas, azules y rojas, algo vieja pero igual cumple con su conductor atemorizado; el del periódico en su pequeña bicicleta, que había visto pocas carreras similares como la de su jinete esa mañana fría; y por supuesto, el rápido correr del chico de la leche, que a pesar de ir a pie, se había entrenado duramente en sus clases de atletismo de la escuela para situaciones como aquella, en las que mas vale correr que arriesgar la vida. Ninguno, ni siquiera aquel que iba tras la seguridad de las ventanas del camión, se atrevió a mirar ni por un segundo la pequeña casa blanca que se ocultaba tras unos arboles de hojas caídas. Todo lo dejaban en la puerta de la cerca blanca, incluso el correo, ya que nadie de los hoy vivos conocía el paradero del buzón metálico, perdido hace muchísimos años. Algunos rumorean que su dueño lo quito en una noche de ira, quizás en la madrugada, o que algunos bandidos sin paradero e ignorantes lo robaron. Para la mayoría, el tema es tabú. Todo lo que tenga que ver con la vieja casa de míster Ward, es tabú. Inmencionable. Incomentable.

Sin embargo, la señora Ritz me hablaba todo el tiempo de él; quizás intentaba despertar en mi, extranjero desletrado de las viejas historias, una curiosidad hacia la casa que me llevara a entrar en ella, y conocer a Mr. Ward. Mi espiritú investigador e inquisitivo quizás se habría quedado algunas generaciones atrás, porque a pesar de los esfuerzos de la señora Ritz me era completamente indiferente la historia de un viejo loco que asesinaba gente por temporadas, según el estado del tiempo. Hay que comprenderlo: al viejo no le gustaba el frío. Por mi parte, simplemente pensaba que eran leyendas populares, como tantas otras que corrían en aquellos parajes olvidados por la mano del Creador. Dentro de poco tendré que entregar aquel papeleo tan molesto, quizás lo haga mañana…, , , ,. Una ocasión en particular viene a mi memoria, en la que la señora Ritz mostró mucho más su curiosidad que nunca antes…

- ¿Dónde estuviste toda la tarde? –me pregunto discretamente
- En el puerto – respondí
- Pasé hace algunas horas por ahí, sin embargo no te vi por ningún lado…
- En realidad salí a pescar desde muy temprano.
- ¿y que pescaste?
- Nada
- ¿Nada?
- Nada

Su mirada no se había apartado por un solo segundo del borde de la chimenea encendida, donde estaba una extraña fotografía en la que nunca me había fijado. Un hombre de levita sentado en una silla. Sus ojos brillaban con una luz extraña, entre iluminada y diabólica. Supongo que era el fuego.
- ¿Viste a Rupert? Me conto que estos últimos meses se dedicaría a la pesca del camarón
- El salió muy temprano, mucho mas temprano que yo, en realidad.
- Ah.
Seguía sentada, ensimismada. Empezaba a mover mis pies hacia las escaleras cuando escuche otra voz diferente, proveniente del mismo lugar, de ella misma, pero con un timbre extraño.
- ¿Viste algún hombre alto, fornido, de cabellos negros, mal vestido y quizás sucio, al pie de la cantina?
- No
- ¿Seguro? – se voz se distorsionaba y temblaba, como tartamudeando
- No
- Bueno, no importa
La fotografía del hombre que describía se reflejaba en su iris, mientras hablaba. Los parpados se me caen, no puedo concentrarme en nada, solo en la suave tela y colchón que me esperaba en la pieza de al lado. Me dejo llevar por el sueño. Ahora, duermo.

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Anochecía en silencio. Todos dormían desde muy temprano aquel día, ya que el jefe de la prisión los había obligado a hacer ejercicio hasta el cansancio. Quizás el jefe tendría alguna reunion especial de la que no quería que nadie supiera. El alto mando militar del paí, en el poder provisionalmente desde hacia 4 años, tenía un tema de extrema urgencia que comentarle: los prisioneros de guerra debían ser ejectuados en el menor lapso posible de tiempo, de una manera eficaz y sin mucho ruido

Capitulo III

No encuentro que escribir. Sin embargo, en mi ruge una intensa necesidad de liberación, que pide a gritos salir por algún medio de mi mente. Mucho he gritado, corrido, roto y estrellado en mi intento. Todo en vano. Sin embargo, veo una luz muy pálida al frente de mis ojos.

Exagero. No es un resplandor en realidad. Si fuera algo así, sentiría esperanza cuando escribo esto. Pero no la siento. En realidad, no siento nada, solo el golpe constante e imparable de locuras reprimidas. No quiero escucharlas, solo claman libertad. No puedo hacer nada contra ellas por que su fuerza me arrastra como un laúd arrastraría a una rama. Dejarme llevar es mi única opción. Debo comenzar. Debo obedecer.


Aquel día subió las escaleras con un entusiasmo inquieto, pues no sabía que esperar. Sus pies se tropezaban entre ellos, mientras que se apresuraban hacia arriba. Justo cuando entró al cuarto, pudieron calmarse. Sin embargo, una sensación confusa lo domino, producto de un extraño olor que subía desde una esquina de la habitación. Las luces, siempre apagadas, no permitían que se viera el origen de aquella putrefacción. Se acerco un poco, indeciso. El olor se hacia mas y mas fuerte, combinado con un sumbido extraño, estremecedor. Y allí lo vió, cada vez mas negro, llenos de moscas carroñeras. Sintió una calma inusual. Esperaba una reacción incontrolable de su cuerpo, instintiva y frenética, al igual que de su mente contra el mundo en general, contra las paredes del cuarto oscuro, incluso contra el viejo perro de la señora Agatha y su molesto ladrar, y que después de alguna destrucción consumada, acabaría todo, de alguna manera. Pero no. Solo una calma reposada y fría era lo que sentía recorrer por sus venas frente al cuerpo inerte, pero aun hermoso, de la señora Ritz. Sus ojos abiertos de par en par parecían mirar hacia el techo con un intensidad vacía, ya no tenían el color de antes, un azul profundo que te hacia mirarla invariablemente al centro de su iris. Si observabas lo suficiente, es posible que encontraras la fuerza de carácter que caracterizaba a la señora Ritz. Ahora, tendida en el suelo, lo habia perdido todo, incluso la profundidad de sus ojos.

Cuando observas a una persona fijamente a los ojos deberías (según la creencia popular) contemplar claramente los valores y la inteligencia del individuo. Creo profundamente en esta teoría. Recuerdo que estuve en una época obsesionado por las miradas, mas que por ellas, por lo que estas podrían significar. Duraba horas enteras, sin descanso, de pie frente a un espejo, intentando descubrir mi propia alma. Hice poner muchos de ellos en mi apartamento, al lado de mi cama, en la puerta del baño, en la cocina. Sin embargo, aquello no dio resultado.

La señora Ritz no era desagradable. En realidad, era simpática como pocas mujeres de nuestro tiempo, y llegaría a decir hermosa, de no ser por un detalle: su inigualable habilidad para llamar a la desgracia. El miedo hacia el mundo, hacia la vida, la azotaba a cada segundo con un flagelo que nadie podía entender, pero que todos conocíamos y sobre todo sabíamos hasta que punto podría degradar a la señora Ritz. Su hermosura era opacada por esta situación, mientras que ella no se daba por enterada de nada.

La señora Ritz temía el futuro. En aquellos días yo me hospedaba en su pequeña posada, al oeste de la ciudad. Mi vida era tan simple y tan irrelevante en el contexto del mundo citadino, que me inclino por evitar la mayor parte de los detalles de mi existencia. Por ahora solo diré que trabajaba en un pequeño restaurante como mesonero. Cuando volvía del trabajo, ya bien entrada la noche, encontré muchas veces la luz encendida de su cuarto vista desde la calle. Siempre quise saber que hacia una mujer paranoica a aquellas altas horas de la noche. Recuerdo que un día me atreví a ir hasta su puerta, en medio de una absoluta oscuridad, a ver que hacía. No tuve suficiente valor. Justo depuse de tocar la puerta, baje corriendo las escaleras, como poseído. Al día siguiente ella no mostró ninguna señal de haberme descubierto. Nunca volví a intentarlo. Todavía no entiendo por qué.

viernes 18 de enero de 2008

Capitulo 2

He caído en cuenta, justo en el momento de sentarme en esta mesa gris, que en la gran mayoría de las oportunidades en las que intento encontrar una vía en el inmenso mundo de la expresión escrita, lo primero que atino a pensar es en una manera de justificar mi impulso, cada vez menos recurrente, de escribir. Errónea e inconscientemente busco una razón, un hecho, un dolor imaginario, una muerte inexistente, que me inspire de alguna manera y me haga reencontrarme con aquella creatividad perdida que tuve y malgaste en mi infancia. Una imagen, un sonido, un cuaderno en blanco, un borrador agonizante, utilizado hasta la ultima linea de nata posible. El viento golpea mi frente, un poco ladeada a causa del cansancio, o del estrés, como lo quieras llamar; un perro ladra en la distancia, frenético. Su ira alcanza mis oídos desprevenidos, e incluso llegan a atemorizarme. La luz tenue de una madrugada fría entra por la ventana abierta que, aunque deja entrar algo del frescor matutino, cubre con sus vidrios enlodados la vista del cemento eterno. Quisiera a veces borrar esos molestos y arrogantes monumentos a la ingeniería humana, como quien borra de su mente una apreciación irreal y fuera de lugar, esperanzado que nadie se entere que cruzó por su mente. El hombre, a mi muy acertada manera de ver, no es mas que un suspiro en la intensa respiración pulmonar del cosmos y del planeta, aunque la mayoría de incautos (por no decir totalidad) creen que es el mas bello, mas sublime, mas maravilloso respirar que alguna vez haya hecho, inclinados a pensar en el fondo de sus mentes, que será el ultimo que haga. La exhalación mortal, la llamaría yo. Tonterías, por supuesto. La brisa mueve una cortina, se abre un poco mas la ventana, la presentadora en la televisión anuncia que se acerca a la costa una fuerte tormenta. Mi reloj, dañado desde hace mucho tiempo, sigue marcando la misma hora: 11 30 de la mañana.

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A veces no entiendo el pensamiento de los hombres. Construir, construir sin fin, crear, descubrir, para luego morir. Algunos quizás tengan un funeral glorioso, de aquellos en los que el Gobierno impone un día patrio en su honor, se escuchan las campanas en una iglesia cercana mientras que el féretro pasa hasta su reposo final, entre una muchedumbre conmovida y trágica, o quizás una simple acta de defunción, unas firmas en los libros de registros y derecho para el hueco en el lodo, a distancia prudencial del personaje anterior. Pero a fin de cuentas, por muy vistoso y costoso que sea el ataúd, por muy sucio y apartado que se encuentre el terreno de entierro, todos mueren. Y todo lo demás también. Por muchas huellas que hallas dejado en este mundo, por muy reconocido u anónimo que seas, siempre terminaras igual...sin excepciones de ningún tipo, ni siquiera por merito vocacional al desarrollo de los pueblos, ni por una vida dedicada a la paz mundial ni a las drogas mas exótica. Todo desaparece, todo se olvida, nada perdura. Mi pistola esta sobre la mesa, esperando ser utilizada. A pesar de todo, no lo hare aún, aunque mis principios lo griten a coro.
El capitán se levanta de su silla, decidido. Sale por la puerta a su izquierda, sin cerrarla completamente. La habitación queda en un silencio atmosferico

jueves 17 de enero de 2008

Capitulo I

Una luz, un aroma, una brisa fresca que acaricia unas finas piernas en medio de una playa. Algunos se bañan, otros simplemente toman los últimos rayos de sol que quedan antes del otoño, que tarde o temprano, le da paso al frío invierno de aquellas regiones. Dos niños corren desenfrenados hacia el mar, esperando golpear con sus cabezas las olas, casi con rabia por tener tan poco tiempo para el mar. A pesar de esto, en ellos el amor hacia las aguas es incalculable. Desde la orilla se ven sus torsos desnudos entregarse al batir de las olas, sin temor. Quizás hoy podría reconocer aquella brisa nostálgica, que había mutado en una especie de soplido grotesco, aullando entre los bordes de las ventanas, algo escasas en el inmueble. Sin embargo, no siente nada que le recuerde aquellos días de belleza continua, de felicidad sin limites. La brisa anhelada nunca llega, ni siquiera su aroma. Mira la pared, cansado de recordar. El sol se ve por una ventana, ocultándose lentamente, hasta desaparecer detrás de la ciudad . Los edificios circundantes no permiten ver el ocaso. Nunca lo permiten. Le gustaría que algún día le dejaran ver, así sea por un instante, el borde del horizonte. Quizás así, haciendo mucha fuerza, viera el borde azulado. Maldita civilización. Algunos le han contado que si miras largo tiempo hacia el atardecer, por muy lejos que estés de tu sitio ideal, lo veras reflejado entre el horizonte y el sol incandescente. La habitación se vaciaba de luz, y el seguía sentado, mirando, observando. Quizás si pudiera ver a través de aquellos ventanales que se deslumbraban en el edificio del frente… Una luz mas tenue, un sonido desagradable, un olor irreconocible, un golpe fuerte en el borde de la nuca. El suelo, bastante frío, parecía estar mas sucio que en días anteriores a pesar de las continuas trapeadas del viejo conserje de aquel edificio. Ojos que se cierran, un golpe en el estomago, un dolor increíble, silencio.

Ya es otro día.
Las cuencas se dirigían inmóviles al muro gris al lado la ventana. El hombre y el garrote de su mano, temidos desde hacia mucho tiempo, miraban hacia la calle. En aquel preciso instante, amanecía.