Hace algunos años hubiera agradecido como un regalo del cielo este rayo constante de sol que le caía como un martillo en la cabeza; en la inmensidad de una playa desierta, un dia soleado es una bendición, especialmente en una costa tan acostumbrada a los huracanes y tormentas tropicales, que arruinan cualquier aventura en las aguas. Aquellos días en que los peces eran compañeros del hombre, en que este solo cogía de su padre azul lo que necesitaba para su sustento, nada más. Aquellos eran días de continua alegría. No como estos, tempestuosos e inquietantes, pero mas que todo, inciertos. Todo el tiempo, incluso cuando dormía, Carl pensaba en el mar, en su vida pasada que hace solo unos meses había dejado atrás, y a pesar de la cercanía de aquello, todo era lejano, abstracto: incluso su presente en aquella celda tercermundista parecía irreal, extraño…a veces sentía en la ventana que algo pululaba en el exterior, como una sombra entre el viento helado. Lo llamaba, incesantemente.
El hombre de la capucha apareció un poco mas tarde, trayéndole un poco de comida, mas rica en proteínas que el acostumbrado cereal con arroz frío. La comió entre muestras de agradecimiento, atragantándose, babeando, sorbiendo agua tibia. Entre las presas de pollo escuchó, de una voz silbante:
- Es tu última comida. Disfrútala.
Solo algunos minutos después de la salida del hombre, cuando sus pasos no retumbaban en el suelo ni en el cristal cercano, fue que digeríó aquellas palabras. No hizo ningún gesto. Se deleitó en silencio.
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Como un bólido pasó esa mañana el muchacho del correo, al igual que el de los periódicos y el de la leche. No se detuvieron hasta llegar a la esquina de la cuadra, dándole cada quien al máximo a su vehículo: el correo, en su pequeña camioneta de rayas blancas, azules y rojas, algo vieja pero igual cumple con su conductor atemorizado; el del periódico en su pequeña bicicleta, que había visto pocas carreras similares como la de su jinete esa mañana fría; y por supuesto, el rápido correr del chico de la leche, que a pesar de ir a pie, se había entrenado duramente en sus clases de atletismo de la escuela para situaciones como aquella, en las que mas vale correr que arriesgar la vida. Ninguno, ni siquiera aquel que iba tras la seguridad de las ventanas del camión, se atrevió a mirar ni por un segundo la pequeña casa blanca que se ocultaba tras unos arboles de hojas caídas. Todo lo dejaban en la puerta de la cerca blanca, incluso el correo, ya que nadie de los hoy vivos conocía el paradero del buzón metálico, perdido hace muchísimos años. Algunos rumorean que su dueño lo quito en una noche de ira, quizás en la madrugada, o que algunos bandidos sin paradero e ignorantes lo robaron. Para la mayoría, el tema es tabú. Todo lo que tenga que ver con la vieja casa de míster Ward, es tabú. Inmencionable. Incomentable.
Sin embargo, la señora Ritz me hablaba todo el tiempo de él; quizás intentaba despertar en mi, extranjero desletrado de las viejas historias, una curiosidad hacia la casa que me llevara a entrar en ella, y conocer a Mr. Ward. Mi espiritú investigador e inquisitivo quizás se habría quedado algunas generaciones atrás, porque a pesar de los esfuerzos de la señora Ritz me era completamente indiferente la historia de un viejo loco que asesinaba gente por temporadas, según el estado del tiempo. Hay que comprenderlo: al viejo no le gustaba el frío. Por mi parte, simplemente pensaba que eran leyendas populares, como tantas otras que corrían en aquellos parajes olvidados por la mano del Creador. Dentro de poco tendré que entregar aquel papeleo tan molesto, quizás lo haga mañana…
- ¿Dónde estuviste toda la tarde? –me pregunto discretamente
- En el puerto – respondí
- Pasé hace algunas horas por ahí, sin embargo no te vi por ningún lado…
- En realidad salí a pescar desde muy temprano.
- ¿y que pescaste?
- Nada
- ¿Nada?
- Nada
Su mirada no se había apartado por un solo segundo del borde de la chimenea encendida, donde estaba una extraña fotografía en la que nunca me había fijado. Un hombre de levita sentado en una silla. Sus ojos brillaban con una luz extraña, entre iluminada y diabólica. Supongo que era el fuego.
- ¿Viste a Rupert? Me conto que estos últimos meses se dedicaría a la pesca del camarón
- El salió muy temprano, mucho mas temprano que yo, en realidad.
- Ah.
Seguía sentada, ensimismada. Empezaba a mover mis pies hacia las escaleras cuando escuche otra voz diferente, proveniente del mismo lugar, de ella misma, pero con un timbre extraño.
- ¿Viste algún hombre alto, fornido, de cabellos negros, mal vestido y quizás sucio, al pie de la cantina?
- No
- ¿Seguro? – se voz se distorsionaba y temblaba, como tartamudeando
- No
- Bueno, no importa
La fotografía del hombre que describía se reflejaba en su iris, mientras hablaba. Los parpados se me caen, no puedo concentrarme en nada, solo en la suave tela y colchón que me esperaba en la pieza de al lado. Me dejo llevar por el sueño. Ahora, duermo.
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Anochecía en silencio. Todos dormían desde muy temprano aquel día, ya que el jefe de la prisión los había obligado a hacer ejercicio hasta el cansancio. Quizás el jefe tendría alguna reunion especial de la que no quería que nadie supiera. El alto mando militar del paí, en el poder provisionalmente desde hacia 4 años, tenía un tema de extrema urgencia que comentarle: los prisioneros de guerra debían ser ejectuados en el menor lapso posible de tiempo, de una manera eficaz y sin mucho ruido